Trump y la embestida de la derecha en América Latina
Por: Armando Guzmán Ávila
La tendencia parece clara, aunque el resultado todavía no sea oficial: el candidato de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, mantiene ventaja en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia.
De
confirmarse este escenario, se consumaría la derrota del aspirante de izquierda
Iván Cepeda, quien contó con el respaldo de Gustavo Petro, actual presidente de ese país.
Vale la
pena recordar que en el 2022, el triunfo de Petro representó un hecho histórico para
Colombia, al convertirse en el primer mandatario identificado con una corriente
izquierdista en llegar a la Presidencia de la República.
Al observar
lo que ocurre en Latinoamérica, resulta evidente una dinámica de
reconfiguración ideológica que favorece cada vez más a las fuerzas conservadoras.
Las razones
detrás de este fenómeno son diversas y vale la pena analizarlas. Por una parte,
varias administraciones identificadas con la izquierda no han logrado
satisfacer plenamente las expectativas de bienestar de amplios sectores de la
población. Problemas persistentes como la inseguridad, la corrupción, el bajo
crecimiento económico generado de su propia confrontación con empresarios e
inversores, la inflación, el deterioro de los servicios públicos y la falta de
oportunidades han provocado un desgaste natural. A ello se suma que, en algunos
casos, el prolongado ejercicio del poder ha generado burocracias partidistas
cada vez más alejadas de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. Es el
enfrentamiento entre el discurso que exalta al pueblo pero que no lo beneficia
a fondo.
Por otra
parte, la izquierda latinoamericana enfrenta mayores niveles de endeudamiento.
A este escenario debe añadirse
la influencia política e ideológica del presidente estadounidense Donald Trump,
cuyo liderazgo ha contribuido a fortalecer movimientos vinculados con la
llamada ultraderecha en distintas partes del continente.
La
ultraderecha, también conocida como derecha radical o extrema, se caracteriza
por un marcado nacionalismo, un fuerte énfasis en la autoridad y la seguridad
pública, el rechazo a la inmigración, una visión más rígida sobre la identidad
y los valores sociales, la oposición a los movimientos abortistas y a las
tendencias LGBT, así como una estrecha cercanía con las creencias religiosas.
En materia económica, suele defender una menor intervención estatal, la
reducción de impuestos, menos regulaciones para las empresas, la protección de
la propiedad privada y una postura crítica frente a determinados programas
sociales. Cabe señalar que algunas de sus corrientes promueven el libre
comercio sin restricciones, mientras que otras combinan principios de mercado
con políticas proteccionistas.
Hagamos
memoria. Antes de convertirse en candidato presidencial, Trump fue
particularmente crítico de Barack Obama debido a su enfoque sobre los
conflictos armados y la política exterior. Asimismo, tras los bombardeos
estadounidenses contra Teherán, en Irán, lo acusó de crear las condiciones para
una posible Tercera Guerra Mundial en Medio Oriente y de utilizar los
conflictos bélicos como una herramienta para favorecer su permanencia en el
poder.
Posteriormente,
durante su campaña presidencial de 2016, el republicano prometió retirar las
tropas de Afganistán e Irak. En numerosas ocasiones sostuvo que las intervenciones
militares de Estados Unidos en el extranjero resultaban costosas e ineficaces.
Su célebre lema, “Make America Great Again”, sintetizaba la intención de
fortalecer el nacionalismo, la soberanía y el crecimiento económico interno
mediante políticas proteccionistas y el impulso del mercado nacional.
En este
segundo mandato presidencial, iniciado el 20 de enero del año pasado, la
postura del mandatario norteamericano se ha radicalizado. El nuevo periodo
trumpista ha regresado con la intención de recuperar una influencia
determinante en el continente y en el escenario internacional.
La llamada
Doctrina Donroe es el concepto utilizado para describir esta renovada
estrategia de política exterior. El término surge de la combinación de “Don”,
en referencia al nombre del presidente, y “Roe”, como una alusión a la Doctrina
Monroe impulsada por James Monroe, según la cual cualquier intervención de
potencias extranjeras en los asuntos del continente americano constituía una
amenaza para los intereses de Estados Unidos.
Bajo esta
visión, Washington ha fortalecido alianzas con distintos gobiernos
latinoamericanos. De ahí surge la propuesta denominada El Escudo de las
Américas, una iniciativa de seguridad y cooperación militar cuyo objetivo sería
combatir el narcoterrorismo, desmantelar organizaciones criminales y contener
la inmigración ilegal. Entre sus prioridades también figura la reducción de la
influencia comercial china en la región.
El
debilitamiento de las fuerzas progresistas latinoamericanas por parte de
Estados Unidos ha derivado en acontecimientos como la denominada “Operación
Resolución Absoluta”, mediante la cual militares estadounidenses capturaron al
dictador populista Nicolás Maduro por presuntos cargos relacionados con
narcotráfico, conspiración y nexos con el llamado Cártel de los Soles. Tras
estos acontecimientos, EUA permitió que Delcy Rodríguez asumiera el control del país impulsando algunos cambios con la intención de organizar, posiblemente en 2027, elecciones
transparentes que permitan una transición política en Venezuela. En ese
contexto, María Corina Machado aparece como la candidata opositora más probable.
Poco a poco, la propaganda impulsada por Maduro y su régimen va desapareciendo
de esa nación.
La presión
de Trump también se ha hecho sentir en Cuba. En diversas ocasiones, el
mandatario ha lanzado advertencias dirigidas al régimen de Miguel Díaz-Canel,
señalando que la isla podría ser el siguiente objetivo dentro de su estrategia
continental: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. Ya sea liberarla o
tomarla, creo que podré hacer lo que quiera con ella, a decir verdad. Son una
nación muy debilitada en este momento”.
A estas
declaraciones se suman las sanciones económicas impuestas por Washington con la
intención de debilitar a la dictadura cubana. La situación económica de la isla
ha alcanzado niveles tan complejos que recientemente las autoridades han
implementado reformas orientadas a liberalizar algunos sectores de la economía.
Sin embargo, resulta difícil pensar que estas medidas sean suficientes para
modificar los planes de la administración estadounidense.
Entre las
naciones cuyos gobiernos pueden ubicarse dentro de posiciones de derecha o
centroderecha se encuentran Chile, Ecuador, Paraguay, Panamá, Costa Rica,
República Dominicana, Guatemala, Belice, Honduras y Bolivia.
En Perú,
por ejemplo, la candidata conservadora Keiko Fujimori se perfila como la
próxima presidenta de la República.
También
destaca el caso de Nayib Bukele en El Salvador, quien ha concentrado gran parte
de su gestión en combatir a las llamadas maras, un problema que durante años
afectó gravemente la seguridad de su país y limitó el desarrollo de amplios
sectores de la sociedad.
Otro
ejemplo es Javier Milei en Argentina, quien llegó al poder en medio de una
profunda crisis económica y una inflación desbordada, tras varios años de
gobiernos vinculados al kirchnerismo y a sectores progresistas.
Otro país
clave para entender el rumbo político de la región será Brasil. En octubre
próximo se llevarán a cabo elecciones presidenciales y, según diversos
análisis, la disputa podría darse entre Luiz Inácio Lula da Silva, figura
emblemática de la izquierda brasileña, y Flávio Bolsonaro, heredero político
del expresidente Jair Bolsonaro y cercano a los sectores más conservadores del
país. Una eventual confrontación entre ambos proyectos representaría un nuevo
capítulo en la disputa ideológica que actualmente atraviesa América Latina y
cuyos resultados podrían influir en el equilibrio político regional durante los
próximos años.
Sin
embargo, no todos los países de la región parecen seguir el mismo ritmo ni
enfrentar las mismas condiciones políticas. México representa un caso
particular dentro de este proceso de reconfiguración ideológica.
México en
este momento específico se encuentra en una realidad distinta. La izquierda
llegó al poder de la mano de Andrés Manuel López Obrador, un personaje con un
poderoso discurso populista nacionalista, carismático y con una extraordinaria
capacidad de conexión popular. Si bien es cierto que actualmente existe un
claro desgaste de la izquierda y del partido Morena, derivado del propio
ejercicio del poder, así como de sus escandalos de corrupción e impunidad, las tendencias y los números no parecen ser suficientes
como para que un candidato de derecha o ultraderecha llegue a la silla
presidencial en 2030. No debe olvidarse tampoco que, históricamente, y a pesar
de ser un país con un alto nivel de religiosidad, México conserva una marcada
tradición liberal heredada desde los tiempos de Benito Juárez. Además, la gran
mayoría de los mexicanos suele asumirse políticamente como moderada antes que
abiertamente conservadora.
En el país, varias voces están proponiendo que Ricardo Salinas Pliego sea un posible
candidato a la Presidencia. Precisamente, tanto por su perfil empresarial como
por sus posturas ideológicas, encaja en muchos de los rasgos asociados con la
corriente de la llamada ultraderecha.
Lo que sí
parece evidente es que, más allá de los discursos, las etiquetas ideológicas o
las narrativas partidistas, los ciudadanos tienen derecho a exigir resultados
concretos a quienes eligen para gobernar. La legitimidad de cualquier proyecto
político depende menos de sus postulados teóricos y mucho más de su capacidad
para responder a las demandas de seguridad, crecimiento económico, empleo y
bienestar social. Los votantes no viven de promesas ni de consignas; viven de
la eficacia o ineficacia de quienes ejercen el poder.
En ese
sentido, el avance de movimientos conservadores en distintos países
latinoamericanos no debe interpretarse necesariamente como una victoria
definitiva de una visión del mundo sobre otra, sino como una respuesta social a
contextos específicos y a la percepción que tienen millones de personas sobre
el desempeño de sus gobernantes. La historia política de la región demuestra
que los péndulos ideológicos se mueven constantemente y que ningún bloque puede
asumir que cuenta con el respaldo ciudadano de manera permanente. Cuando las
expectativas no son satisfechas, el electorado busca nuevas alternativas y
provoca cambios de rumbo que terminan redefiniendo el mapa político de las
naciones.
Trump no será complaciente con
los movimientos de izquierda. Lo que estamos observando no parece una serie de
decisiones aisladas, sino la construcción de un proyecto político de alcance
continental que busca redefinir el equilibrio ideológico de América Latina. Eso
no significa que la derecha tenga asegurado el éxito ni que la izquierda esté
condenada a desaparecer. Quizá convenga recordar la célebre reflexión del
filósofo español José Ortega y Gasset: "Ser de la izquierda es, como ser de la
derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un
imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral". Más allá de la
dureza de la frase, su mensaje conserva vigencia: ninguna ideología posee el
monopolio de la verdad ni garantiza por sí sola buenos gobiernos.


No hay comentarios.