¿Por qué la música nos pega tanto?
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Por: Sussy Arias
Estaba sentada mirando por la ventana. Afuera la vida seguía su curso, pero dentro de mí los recuerdos caminaban despacio. Un poco de melancolía y tristeza me recorrían el pecho. Y, como si el destino supiera exactamente qué hacer, comenzó a sonar una canción conocida: "Tengo Todo Excepto a Ti", de Luis Miguel.
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No sé si fueron las primeras notas, la letra o el momento... pero unas lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. No lloraba únicamente por la canción; lloraba por todo aquello que la música fue capaz de despertar en unos cuantos segundos.
Y entonces me hice una pregunta: ¿por qué la música nos pega tanto?
La respuesta es tan fascinante como humana.
Cuando escuchamos una canción, no solo intervienen nuestros oídos. El cerebro entero participa en una especie de concierto. Las melodías activan regiones relacionadas con la memoria, las emociones y la recompensa. Por eso una simple introducción puede transportarnos a un abrazo que ya no existe, a un amor que terminó, a una despedida o a una etapa de nuestra vida que creíamos superada.
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La música tiene una capacidad extraordinaria: guarda recuerdos con una fuerza que pocas cosas logran. Nuestro cerebro asocia determinadas canciones con personas, lugares, olores y momentos. Basta escuchar unos segundos para volver, aunque sea por un instante, a ese capítulo de nuestra historia.
Las canciones melancólicas nos duelen porque nos permiten sentir aquello que muchas veces intentamos esconder. Le ponen melodía a las emociones que no siempre sabemos explicar con palabras. Y, aunque parezca extraño, ese dolor también puede ser un alivio. Llorar con una canción es, en ocasiones, una forma de sanar.
Pero la música también tiene el otro extremo.
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Cuando escuchamos una canción alegre, el cerebro libera sustancias como la dopamina, relacionada con el placer y la motivación. El ritmo hace que nuestro cuerpo quiera moverse casi sin pedir permiso. Por eso sonreímos, cantamos a todo pulmón o terminamos bailando aunque estemos solos en la sala.
La música no solo acompaña nuestra vida... también la colorea.
Hay canciones que se convierten en refugio. Otras son cicatrices. Algunas nos rompen el corazón, mientras otras nos recuerdan que todavía sabemos reír. Todas, de una u otra manera, nos cuentan quiénes somos y quiénes hemos sido.
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Quizá por eso nunca decimos simplemente "escuché una canción". En realidad, la vivimos.
Y mientras aquella tarde seguía viendo por la ventana, comprendí que esas lágrimas no eran una señal de debilidad. Eran la prueba de que seguimos sintiendo, de que los recuerdos aún tienen voz y de que, mientras exista una canción capaz de estremecernos, seguirá existiendo una parte de nosotros que nunca dejará de emocionarse.
Porque, al final, la música no entra por los oídos.
La música entra por el alma.






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