El País Requetefeliz
Al ser cuestionada sobre el ambiente que se vive en torno al Mundial de 2026 en México, Claudia Sheinbaum respondió: "La gente está feliz, feliz, feliz, feliz, requetefeliz".
Es cierto que un acontecimiento de la magnitud de una Copa del Mundo despierta entusiasmo, alegría y una enorme pasión colectiva. Sin embargo, la afirmación de la presidenta resulta exagerada, grosera, demagógica y totalmente excluyente frente a las múltiples realidades que se viven actualmente en el país. Mientras millones disfrutan de la fiesta futbolística, otros mexicanos no están en condiciones de hacerlo.
Veamos. El Mundial en México se ha convertido en un escaparate de protestas. Diversos movimientos sociales han llevado sus demandas a puntos estratégicos de las sedes mundialistas en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara: el Zócalo, Paseo de la Reforma, las inmediaciones del Estadio Banorte, así como los alrededores del Estadio Monterrey (BBVA) y del Estadio Akron. Mientras el gobierno ha pretendido proyectar al mundo una imagen de modernidad y éxito de su proyecto político, miles de ciudadanos han aprovechado los reflectores internacionales para recordar que detrás de la fiesta futbolística persisten problemas que siguen sin encontrar solución.
Tradicionalmente, los movimientos sociales han estado vinculados a la izquierda. Durante décadas, enarbolaron causas que los gobiernos del PRI y del PAN fueron incapaces de resolver o que les eran ideológicamente ajenas a sus agendas: la defensa de los pueblos indígenas, la diversidad sexual, la lucha contra el libre comercio o el rechazo a determinadas reformas educativas. Para la izquierda, la movilización social no era un estorbo ni una amenaza; era parte de su ADN. Era la forma de llevar sus ideas a las calles, informar a la ciudadanía y sumar simpatizantes. Sin embargo, cuando esta fuerza política pasó de la oposición al poder, muchas de las causas que antes abrazaba se convirtieron en problemas que administrar, contener o incluso ignorar.
Uno de los ejemplos más claros es Ayotzinapa. Durante su campaña presidencial de 2018, Andrés Manuel López Obrador prometió llegar al fondo de lo ocurrido con los 43 estudiantes desaparecidos y encontrar la verdad sobre los hechos. Ocho años después de su llegada al poder, el caso sigue sin resolverse. El exalcalde de Iguala, José Luis Abarca Velázquez, fue absuelto de manera definitiva por el delito de secuestro relacionado con la desaparición de los 43 normalistas. En 2025, un tribunal confirmó esa absolución. Uno de los pocos personajes de alto perfil que terminó en prisión domiciliaria fue el exprocurador general de la República, Jesús Murillo Karam, mientras las investigaciones continúan rodeadas de controversias, inconsistencias y cuestionamientos.
Pero Ayotzinapa también exhibió otra contradicción. Durante años, López Obrador criticó el papel de las Fuerzas Armadas en la vida pública y prometió regresarlas a los cuarteles. Sin embargo, una vez en el poder, optó por fortalecerlas como nunca antes: creó la Guardia Nacional bajo una estructura cada vez más militarizada, otorgó a las militares responsabilidades en obras públicas, seguridad, aduanas y puertos, y evitó cualquier confrontación de fondo con la institución castrense. A pesar de que diversas investigaciones apuntaban a la posible participación o conocimiento de elementos militares en los hechos de Ayotzinapa, el gobierno terminó privilegiando su alianza con las Fuerzas Armadas por encima de una ruptura que pudiera poner en riesgo su proyecto político.
Lo que más me llamó la atención fueron las declaraciones del senador Gerardo Fernández Noroña, quien en una de sus transmisiones recientes afirmó que “los 43 normalistas de Ayotzinapa (en referencia a las protestas de alumnos y maestros) ahora se prestan para hacerle el caldo gordo a la derecha”, en una actitud que lejos de reconocer que para el gobierno la resolución de este caso es una tarea pendiente, la preocupación que mostraba era por la afectación a la percepción que existe del actual gobierno.
Algo que tienen en común tanto la CNTE como las protestas de padres y estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa es que ambas nacen de una tradición de activismo social profundamente vinculada a la izquierda mexicana. Son movimientos que históricamente encontraron respaldo en quienes hoy ocupan el poder.
El caso de las madres buscadoras refleja con especial crudeza esa ruptura. Este gobierno ha asumido una postura de deslinde, rechazo e incluso hostilidad hacia quienes buscan a sus familiares desaparecidos. Resulta evidente la incomodidad que este tema genera en el oficialismo. En la narrativa gubernamental parece no existir víctima más importante que la propia Cuarta Transformación, permanentemente presentada como objeto de ataques y conspiraciones.
Las madres buscadoras no solo han sido víctimas de la delincuencia y de la tragedia de perder a un ser querido; también han tenido que enfrentar la indiferencia institucional y la descalificación pública. Jamás imaginé vivir en un país donde estas mujeres, además de cargar con el dolor de la desaparición de sus hijos, tuvieran que soportar el señalamiento del propio gobierno y de numerosos simpatizantes oficialistas. Incapaces de reconocer la magnitud de la crisis de desapariciones y las deficiencias de la estrategia gubernamental, algunos prefieren acusarlas de "formar parte de la oposición", afirmar que "les pagan", sostener que "no educaron bien a sus hijos", insinuar que "seguramente eran delincuentes" o minimizar las desapariciones con argumentos tan absurdos como decir que "se fueron con el novio o la novia". Son expresiones tan crueles como vergonzosas que reflejan hasta qué punto el fanatismo político puede deshumanizar una tragedia que debería unirnos como sociedad.
Muchas de estas mujeres realizan búsquedas con recursos propios, recorriendo terrenos inhóspitos bajo el sol, con hambre, cansancio y miedo. En los hechos, realizan una labor que corresponde al Estado y que este ha sido incapaz de cumplir.
Por ello resultaron especialmente polémicas las declaraciones de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, al señalar que se investigaría el origen de los apoyos que recibieron algunos colectivos para trasladarse a una movilización. El mensaje claramente fue interpretado por muchos como un intento de cuestionar la legitimidad de un movimiento cuyo único objetivo es encontrar verdad y justicia.
De hecho, las movilizaciones de las madres buscadoras buscaban precisamente visibilizar esta tragedia ante el mundo. Su intención era internacionalizar una crisis que durante años ha permanecido normalizada dentro del país. Resultó conmovedor observar a aficionados suecos expresar su solidaridad con ellas en las inmediaciones del Estadio Monterrey, comprendiendo quizá mejor que muchas autoridades mexicanas el dolor que representa la tragedia de miles de personas desaparecidas.
Otro frente que evidencia el choque entre la izquierda de gobierno y la izquierda de los movimientos sociales es la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. La CNTE surgió en 1979 como una organización sindical opuesta al SNTE (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación), históricamente vinculado al poder priista. Desde entonces se identificó con la izquierda, las luchas populares, la defensa de los pueblos indígenas, las causas laborales y la resistencia a las políticas neoliberales en materia educativa. Hoy su consigna es: "Gobierne quien gobierne, la lucha se defiende".
Actualmente, la principal exigencia de la CNTE es la abrogación de la reforma de pensiones de 2007. Los dirigentes del movimiento ya no quieren dialogar con intermediarios como el secretario de Educación, Mario Delgado, sino directamente con la presidenta de la República.
No debe olvidarse que Claudia Sheinbaum expresó en diversas ocasiones su respaldo a las demandas de la CNTE y a sus formas, siendo conocida por la protesta fuerte, con pintas, plantones y afectaciones urbanas. Durante su campaña presidencial, ella les prometió derogar la ley del ISSSTE, sin embargo, una vez en el gobierno, las promesas chocaron con la realidad. Ahora reconoce que no existe forma de regresar al modelo de pensiones anterior, pues ello costaría aproximadamente 7 billones de pesos, es decir, alrededor de 20 puntos del PIB.
El problema es que una parte importante de esas expectativas fue alimentada desde Morena. Es la historia de siempre: políticos que prometen cualquier cosa durante las campañas para ganar apoyos, pero que al llegar al poder descubren los límites presupuestales y administrativos de sus propias promesas y fantasías.
La CNTE también se movilizó durante el gobierno de López Obrador. La izquierda política y la izquierda de los movimientos sociales pueden compartir origen y discurso, pero no necesariamente intereses una vez que una de ellas ocupa el poder.
Algo similar ocurrió con organizaciones y movimientos que durante décadas combatieron el neoliberalismo y defendieron causas indígenas, como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. El movimiento zapatista fue crítico tanto del TLCAN como posteriormente del T-MEC, y mantuvo una postura de abierta distancia frente al gobierno de López Obrador, al que consideró una continuidad de viejas prácticas bajo un nuevo discurso.
Aunque en algún momento la izquierda electoral y la izquierda de los movimientos caminaron juntas, la realpolitik —la política del pragmatismo y de los intereses del poder— terminó imponiéndose y separándolas. Hoy, el gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta a sectores sociales que durante años fueron utilizados como símbolos de lucha, aliados electorales o banderas de campaña.
Ahora, paradójicamente, la CNTE es vista por varios sectores de la propia 4T como un movimiento chantajista; como el "monstruo", el "Frankenstein" que ellos mismos ayudaron a crear. Ahí están Ayotzinapa y la deuda pendiente con la verdad y la justicia. Ahí están las madres buscadoras, persiguiendo rastros de vida entre la tierra y el olvido. Ya son más de 132 mil desapariciones en México. Son las mismas luchas que durante años fueron abrazadas por la izquierda cuando era oposición y que hoy, desde el poder, son vistas como una molestia incómoda.
Queda claro que el compromiso suele desaparecer cuando lo prioritario es conservar el poder. La Cuarta Transformación parece empeñada en proyectar la imagen de un gobierno que nunca se equivoca, que nunca rectifica y que jamás muestra señales de debilidad, aun cuando los problemas sigan creciendo frente a sus ojos.
Porque la verdadera prueba de la eficacia de un gobierno no reside en los discursos que pronuncia durante las campañas, sino en la forma en que responde a las causas que prometió defender cuando finalmente tiene la responsabilidad de gobernar.
Como dijo Philip K. Dick: "La realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no desaparece". Y en el fútbol, como en la vida pública, hay una regla ineludible: cuando llega el silbatazo final, ya no cuentan los discursos ni las promesas, sino el marcador.


Ya se le olvidó al imbañable de Noroña cuando les quería hacer justicia a los de ayotzinapa y se desgarraba las vestiduras en el sexenio de Peña. El nivel de cinismo de la 4T es vomitivo, son una bola de fanáticos ineptos
ResponderBorrar