Copa Mundial 2026: México entre la fiesta y la crisis
Por: Armando Guzmán Á.
Era el 13 de junio de 2018 cuando, durante el Congreso
de la FIFA celebrado en Moscú, México fue elegido, junto con Estados Unidos y
Canadá, para ser sede de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Enrique Peña Nieto
era entonces el presidente de la República y encabezó el proceso para que el
país fuera seleccionado, ofreciendo las garantías necesarias para albergar
nuevamente el evento deportivo más importante del planeta.
La designación tenía un carácter histórico. Por primera
vez, una Copa del Mundo sería organizada por tres países. Resulta curioso que
dos de ellos, Estados Unidos y Canadá, no sean precisamente naciones donde el
futbol sea el deporte rey. En esos países predominan el futbol americano, el béisbol,
el baloncesto y el hockey. México, en cambio, vive el futbol con una pasión y
un entusiasmo únicos.
La edición del Mundial 2026 también colocará a nuestro
país en un lugar privilegiado dentro de la historia del deporte. Nos
convertiremos en el primer país en albergar tres Copas del Mundo, con tres
inauguraciones y dos finales. Un logro que ningún otro país puede presumir.
México siempre se ha caracterizado, a nivel
internacional, por ser un gran anfitrión. La hospitalidad y la calidez son dos
de las cualidades por las que más se recuerda y valora a nuestro país. México
70 y México 86 dejaron en el corazón de millones de extranjeros una experiencia
inolvidable: el primer Mundial transmitido a color, la tercera Copa del Mundo
conquistada por Pelé, la “ola” humana, la “Mano de Dios”, “La Chiquitibum” y su
famosísima porra, así como el que para muchos sigue siendo el mejor gol en la
historia de los Mundiales. Cuántas historias podrían contarse sobre lo que se
vivió en esos Mundiales...
Por ello, la Copa del Mundo de 2026 representa una
plataforma inmejorable para fortalecer la presencia de México en el escenario
internacional y, al mismo tiempo, generar beneficios tangibles para las
ciudades sede mediante el impulso al turismo, la inversión y la actividad económica.
Tan solo en el aspecto económico, se estima que la
derrama para los tres países organizadores podría alcanzar los 9 mil millones
de dólares. En México, las tres sedes mundialistas proyectan una derrama
económica cercana a los 1,600 millones de dólares. De ese total, alrededor de
847 millones corresponderían a la Ciudad de México, 385 millones a Jalisco y
aproximadamente 350 millones a Nuevo León.
Si se considera el valor agregado derivado del turismo,
la hotelería, el transporte, la venta de mercancías, la publicidad y los
servicios asociados al torneo, el impacto económico para México podría alcanzar
los 2,250 millones de dólares.
Durante años, organismos como el Consejo Mexicano de
Promoción Turística fueron herramientas fundamentales para posicionar la imagen
de México en el extranjero. Sin embargo, la llamada “austeridad” de AMLO le
pasó tijera y terminó desapareciéndolo. Prácticamente lo consideró una
superficialidad.
Algunas estimaciones planteaban la llegada de hasta 5.1
millones de visitantes a nuestro país durante el evento. Sin embargo, conforme
se acerca la justa mundialista, esas proyecciones parecen cada vez más alejadas
de la realidad.
Aunque no lo deseemos, las circunstancias políticas,
económicas, sociales, de infraestructura y de seguridad de las sedes mexicanas
influirán en el desarrollo y la percepción de esta Copa.
Este Mundial será una fiesta para muchos, pero no para
todos. Los precios de los boletos han alcanzado niveles inaccesibles para gran
parte de la población. Algunas entradas para el partido inaugural rondan los
2,000 dólares y, en zonas VIP y Hospitality, los 19,000 dólares en adelante,
convirtiendo lo que debería ser una celebración popular en un espectáculo
reservado para quienes pueden pagar cifras exorbitantes.
Pero más allá de la derrama económica y del negocio que
representa el futbol, este gran evento ofrecía la posibilidad de transformar a
la Ciudad de México.
La capital tuvo ocho años para prepararse y realizar las
obras necesarias: modernizar su infraestructura, mejorar la movilidad urbana,
renovar drenajes y coladeras, rehabilitar vialidades, fortalecer la iluminación
pública y la seguridad, así como corregir muchos de los problemas que
diariamente padecen millones de personas en una ciudad enorme y caótica.
A tan solo tres días del Mundial, continúan los
“trabajos” de mantenimiento y reparación en diferentes estaciones del Metro,
uno de los medios de transporte que, por supuesto, será de los más utilizados
por los turistas. Desde luego, lucen muy elegantes los candelabros que han
colocado en varias estaciones, pero en Bellas Artes siguen instalando losetas;
en Xola, San Antonio Abad y Chabacano persisten inundaciones, escurrimientos y
goteras que han obligado incluso a colocar unas “muy estéticas” cubetas para
contener el agua.
Las arterias de la ciudad están colapsadas e inundadas,
para variar. La propia Calzada de Tlalpan, una de las principales rutas de
acceso al Estadio Azteca, continúa reflejando muchos de los problemas urbanos
que la administración no ha logrado resolver.
Y ahí aparece otro ejemplo polémico: la llamada Calzada
Flotante. Una obra cercana a los 2 mil millones de pesos que ha sido presentada
como un proyecto ecológico y de movilidad, aunque incluye plantas artificiales
en distintos puntos. Además, ha sido cuestionada por especialistas que
advierten posibles afectaciones estructurales a instalaciones relacionadas con
el Metro. A unos cuantos días de que Clara Brugada inauguró este paso peatonal,
ya presenta daños y acumulaciones de agua en diferentes puntos por falta de
coladeras.
Mientras tanto, el Estadio Azteca, hoy llamado Estadio
Banorte o Estadio Ciudad de México, tuvo una remodelación que, para muchos,
está lejos de representar la transformación que se esperaba para uno de los
recintos más emblemáticos de la historia del futbol.
Tan solo para el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) se
han destinado alrededor de 6,500 millones de pesos en obras y adecuaciones
relacionadas con la llegada de visitantes. Sin embargo, no existen transformaciones
de fondo, sino cambios meramente estéticos y, en algunos casos, mal ejecutados.
Prueba de ello es la caída de una techumbre en un puente peatonal de la
Terminal 1.
Pero el caos no solo ha reinado en materia de
infraestructura urbana. El gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum
enfrenta diversos conflictos sin resolver que evidencian la inestabilidad
política que acompaña a la justa mundialista.
Algunas zonas de la Ciudad de México están paralizadas
por las movilizaciones de la CNTE; una organización política y sindical de izquierda. Ya son tres semanas de protestas, pintas,
bloqueos y manifestaciones que incluyeron la destrucción de las figuras
monumentales de futbolistas instaladas sobre Paseo de la Reforma y la quema de
playeras relacionadas con el Mundial.
Los maestros de la CNTE exigen la abrogación de la Ley
del ISSSTE de 2007, una legislación aprobada durante el gobierno de Felipe
Calderón y cuya derogación fue prometida por Sheinbaum durante su campaña
presidencial.
A las protestas de la CNTE también se han sumado padres
de familia, alumnos y maestros de la Normal Rural de Ayotzinapa, quienes
continúan manifestándose ante la impunidad que ha prevalecido en el caso de los
43 estudiantes desaparecidos.
Lejos de tratarse de hechos aislados, estas
manifestaciones reflejan problemáticas de fondo que siguen marcando la vida
pública del país y condicionando la percepción que se tiene de México dentro y
fuera de sus fronteras.
Y es que, aunque no nos guste, en el extranjero existe
una percepción complicada sobre México. Para millones de personas alrededor del
mundo, nuestro país continúa asociado con el narcotráfico, la inseguridad y la
violencia. Al fin y al cabo, sí son realidades a las que como país nos
enfrentamos en el día a día y ante las cuales el gobierno ha sido rebasado.
Asimismo, resulta imposible ignorar los símbolos
políticos que acompañan esta Copa del Mundo. Se interpreta que Claudia
Sheinbaum prefirió evitar el riesgo de un posible abucheo durante los actos
relacionados con la inauguración del Mundial, recordando lo ocurrido con Miguel
de la Madrid en 1986. De ahí la imagen de entregar simbólicamente su boleto a
una niña, evitando colocarse como protagonista de un escenario donde la
aprobación ciudadana no necesariamente está garantizada, pues esto no será una
de sus Mañaneras o mítines en el Zócalo.
Este día, la presidenta volvió a recurrir a su discurso
de negación al afirmar que “no hay un asunto que tenga que ver con descontento
social” y que el caos y las protestas que existen en el país son montados por
la “derecha” para perjudicar a su gobierno. Habrá que recordarle a Sheinbaum
que durante el Mundial de 1986 participó en distintas protestas sociales bajo
la consigna de “No queremos goles, queremos frijoles”; no creo que en 1986 ella
hubiera formado parte de la “derecha”. Hoy, como presidenta de la República, se
encuentra del lado del poder político.
En redes sociales se está convocando a utilizar un
pañuelo blanco durante los partidos de México como símbolo de inconformidad con
el gobierno. Me parece una buena propuesta para ejercer la protesta civil
pacífica.
Bajo la consigna de “Mundial sin memoria ni empatía”, las madres buscadoras
continúan protestando cerca de los estadios con el objetivo de visibilizar,
tanto a nivel nacional como internacional, la crisis humanitaria de las personas
desaparecidas en México. Su exigencia es simple, pero contundente: justicia.
Buscan que el Estado mexicano actúe, escuche y se sensibilice frente a una
tragedia que ha marcado a miles de familias y que siguen sin encontrar una
respuesta.
Al finalizar este Mundial, la comparación será con el
pasado. México 70 y México 86 proyectaron una imagen muy positiva del país y
consolidaron la fama de ser uno de los mejores países anfitriones, incluso
dando al mundo innovaciones culturales asociadas al futbol. Coincidentemente,
ambos se realizaron durante gobiernos priistas. Más allá de cualquier
valoración política de aquellos gobiernos, existía una capacidad evidente para
organizar grandes eventos internacionales y aprovecharlos como herramientas de
promoción nacional.
Hoy parece prevalecer una visión distinta: la de un
gobierno que con frecuencia observa con recelo a los extranjeros —a pesar de
que aprovecha y presume la inversión internacional en nuestro país— y que
parece más cómodo alimentando discursos de confrontación que construyendo
puentes de intercambio cultural, turístico y económico.
Creo firmemente que, más allá de cualquier nacionalismo
tóxico, México, si así lo quisiera, podría negociar en condiciones favorables
con cualquier país. Puede atraer inversión, turismo, comercio e intercambio
cultural sin complejos ni resentimientos. No necesitamos aislarnos ni
desconfiar del mundo; necesitamos competir con él y demostrar nuestras
fortalezas.
Me parece que tanto Monterrey como Guadalajara
realizarán un trabajo digno como sedes mundialistas. Ambas ciudades, pese a sus
problemas, cuentan con ventajas importantes, unos estadios impresionantes y
también han demostrado capacidad para organizar eventos de gran magnitud. Aun
así, el máximo escaparate seguirá siendo, por razones evidentes, la Ciudad de
México.
El Mundial 2026 ha evidenciado una vez más la poca
visión de sus gobernantes. Era mucho más que un torneo de futbol. Podía
convertirse en el detonante para transformar la capital, modernizar su
infraestructura y resolver en profundidad problemas históricos que afectan
diariamente a millones de personas.
Sin embargo, todo se limitó a darle una “manita de gato”
a la ciudad. A maquillar problemas en lugar de resolverlos. A esconder
temporalmente las deficiencias para que las cámaras internacionales no las registren.
Respecto a si el Mundial será exitoso desde el punto de
vista deportivo, lo será. La FIFA, los patrocinadores, las televisoras y los
grandes intereses económicos que giran alrededor del futbol se encargarán de
que el espectáculo funcione. Los estadios estarán llenos, las transmisiones
llegarán a miles de millones de personas y las imágenes de celebración
recorrerán el planeta.
Aun así, nuestro país conserva algo que ningún gobierno
puede adjudicarse por completo y que sigue siendo una de sus mayores ventajas
competitivas frente al mundo: su cultura. Quienes visiten el país durante la
Copa del Mundo descubrirán una gastronomía considerada entre las mejores del
planeta, una riqueza histórica incomparable, ciudades llenas de identidad,
tradiciones centenarias y una hospitalidad que ha distinguido a los mexicanos
durante generaciones.
Probablemente serán los tacos, los mercados, los museos,
los pueblos mágicos, la música, el patrimonio histórico y la calidez de la
gente los que vuelvan a conquistar a los visitantes. Porque, si algo ha
demostrado México a lo largo de su historia, es que muchas veces son sus
ciudadanos quienes compensan con talento, creatividad y generosidad las
carencias que los gobiernos no han sabido resolver.
Aun con todo, disfrutemos al máximo del deporte más
hermoso del planeta. Le deseo la mejor de las suertes a la Selección Mexicana.
Ojalá nos regalen alegrías dentro de la cancha. Porque, fuera de ella, el
Mundial nos deja varias lecciones incómodas sobre nuestros gobiernos.
“Para la derecha, el futbol era la prueba de que los
pobres piensan con los pies; para la izquierda, el futbol tenía la culpa de que
el pueblo no pensara. Esa carga de prejuicio hizo que se descalificara una
pasión popular”.
Eduardo Galeano


No hay comentarios.