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Los Reyes Magos que curan



Por: Sussy Arias

 Lo más bonito de un ser humano es la capacidad de asombro. Esa facultad casi mágica que tenemos cuando somos niños y creemos —sin cuestionar demasiado— que tres personajes pueden recorrer el mundo en una sola noche, guiados por una estrella y cargando regalos para todos. El problema no es que los Reyes Magos no existan; el verdadero drama es que crecemos y dejamos de esperarlos.

Y, sin embargo, ahí estamos los adultos: esperando que algo o alguien nos salve el día, la quincena, la vida. Esperamos milagros con café en mano y ojeras de tiempo completo. Esperamos señales. Esperamos cuidados. Esperamos que alguien llegue justo cuando más lo necesitamos.

Tal vez por eso no es casualidad que en México el Día de la Enfermera y el Enfermero se celebre el 6 de enero, el mismo día de los Reyes Magos. Una coincidencia que, si se mira con atención, tiene más sentido del que aparenta.

Corría el año de 1931 cuando el doctor José Castro Villagrana, entonces director del Hospital Juárez de México, propuso establecer esta fecha para reconocer la labor de enfermería. ¿La razón? Consideraba que las enfermeras eran los “reyes del hogar” dentro del hospital: quienes cuidaban, acompañaban, sostenían y vigilaban mientras los demás iban y venían. Nada de capas ni coronas, pero sí guardias largas, manos firmes y paciencia infinita.

Y es que la enfermería tiene mucho de acto mágico, aunque nadie lo diga en voz alta. Aparece cuando el miedo se instala en la habitación. Traduce diagnósticos incomprensibles. Administra tratamientos, sí, pero también palabras tranquilizadoras. Vigila signos vitales y, de paso, el ánimo del paciente. Hace milagros pequeños todos los días: que el dolor ceda, que la fiebre baje, que alguien duerma por fin.

A diferencia de los Reyes Magos, la enfermería no llega una vez al año. Llega todos los días. A todas horas. Incluso cuando nadie aplaude, cuando no hay festejo ni rosca, cuando el turno se alarga y el cansancio pesa más que el estetoscopio.

Quizá por eso este doble festejo nos incomoda un poco. Porque mientras a los Reyes Magos los celebramos con ilusión y azúcar, a la enfermería a veces la celebramos con discursos bonitos… y poco más. Se nos olvida que el cuidado no es un acto automático, sino una decisión diaria que requiere formación, vocación y una enorme carga emocional.

Tal vez crecer no debería significar perder la capacidad de asombro, sino aprender a reconocer la magia donde sí existe. En quien cuida sin reflectores. En quien permanece cuando todos se van. En quien no promete regalos, pero ofrece algo más valioso: presencia, conocimiento y humanidad.

Este 6 de enero, mientras partimos la rosca y buscamos al niño escondido, valdría la pena detenernos un segundo y agradecer a quienes, sin estrella ni camellos, siguen llegando puntuales a cuidar la vida.

Porque, pensándolo bien, los Reyes Magos sí regresaron. Solo que ahora usan uniforme, guardan turno… y se llaman enfermeras y enfermeros.

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