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Caballeros del Zodiaco: lo que Saga de Géminis nos enseñó sobre nosotros mismos

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Por: Sussy Arias 


Hay caricaturas que simplemente vemos de niños… y hay otras que se quedan a vivir dentro de nosotros.


Para muchos de quienes hoy somos adultos, Los Caballeros del Zodiaco fue mucho más que una serie animada. Fue una puerta de entrada a un universo de mitología, astronomía, historia, literatura, filosofía y hasta esas preguntas que uno no sabía que podía hacerse cuando era niño.


Porque, seamos honestos: ¿Quién no comenzó a mirar las estrellas de otra manera después de conocer a los Caballeros?


En mi caso, fue precisamente ahí donde nació una fascinación que con los años se convirtió en amor por la astronomía y, particularmente, por la mitología griega. De pronto, una caricatura nos estaba llevando a conocer a Atenea, los dioses, las constelaciones, los mitos y toda una cultura que parecía lejana, pero que estaba ahí, representada en personajes que luchaban por algo mucho más grande que ellos mismos.


Y quizá ahí está una de las cosas más interesantes de Los Caballeros del Zodiaco: cada personaje parecía representar una parte de la personalidad humana.


Y si somos honestos… algo de eso también nos pasa a nosotros. No significa que porque nacimos bajo determinado signo tengamos que ser exactamente de cierta manera. No todos los Aries son iguales, ni todos los Géminis, Leo, Escorpio o Piscis se comportan de la misma forma.


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Pero resulta curioso que, cuando conocemos las características que tradicionalmente se atribuyen a nuestro signo, de repente encontramos pequeños pedazos de nosotros mismos. Como si el zodiaco fuera, más que una sentencia, un espejo.


Y entonces llegamos a Géminis. Saga: dos mundos viviendo en una sola persona Uno de los personajes más fascinantes de la historia es Saga de Géminis. Saga representa esa lucha entre dos fuerzas dentro de una misma persona: el bien y el mal, la razón y el impulso, la nobleza y la ambición. Pero quizá sería demasiado fácil decir simplemente: “Saga era malo”. Porque la vida real rara vez funciona así.


Las personas no somos personajes escritos en blanco y negro. Tenemos historias. Tenemos heridas. Tenemos  miedos. Tenemos carencias. Tenemos momentos en los que tomamos decisiones que quizá no hubiéramos tomado si nuestra historia hubiera sido diferente.


Y a veces hacemos cosas que lastiman porque estamos tratando desesperadamente de no volver a ser lastimados. Eso no justifica nuestras acciones, pero sí nos recuerda algo importante: detrás de cada persona existe una historia que no siempre conocemos.


Saga quería poder. Sí. Pero también quería estabilidad, reconocimiento y control. Y quizá ahí podemos hacer una reflexión que va mucho más allá de Los Caballeros del Zodiaco:


¿Cuántas veces nosotros mismos buscamos tener el control porque alguna vez sentimos que no teníamos ninguno?¿cuántas veces queremos ser fuertes porque alguna vez fuimos vulnerables? ¿cuántas veces levantamos una armadura porque alguna vez alguien nos hizo daño?


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Tal vez por eso Saga resulta tan interesante. Porque su batalla más importante no estaba contra otro caballero. Estaba dentro de él.


Y además tenía a Kanon, su hermano gemelo, otra pieza fundamental de esa historia. Dos hermanos, dos caminos, dos formas de enfrentar el poder y las consecuencias de sus decisiones.


Y aquí aparece una coincidencia maravillosa con la mitología griega. Cástor y Pólux: dos hermanos mirando hacia las estrellas. La constelación de Géminis está relacionada tradicionalmente con los gemelos Cástor y Pólux.


Según una de las versiones más conocidas del mito, Cástor era mortal, hijo de Tíndaro, mientras que Pólux era hijo de Zeus y, por lo tanto, inmortal. Dos hermanos. Uno mortal. Otro inmortal. Dos naturalezas distintas compartiendo una misma historia.


Cuando Cástor murió, Pólux no quiso aceptar una eternidad sin su hermano. Pidió compartir su destino y Zeus permitió que ambos permanecieran unidos, vinculándolos finalmente con las estrellas de Géminis.


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Y entonces uno entiende por qué Géminis resulta tan fascinante como símbolo. Porque representa la dualidad. La parte humana y la parte extraordinaria. La luz y la oscuridad. La razón y la emoción. Lo que somos frente a lo que queremos ser. Y quizá todos tenemos un poquito de Géminis dentro, aunque nuestro signo sea otro. Porque todos tenemos contradicciones. Todos hemos sido buenos y malos en algún momento de nuestra historia. Todos hemos tenido pensamientos que no nos enorgullecen. Todos hemos tomado decisiones de las que aprendimos. Y todos, absolutamente todos, estamos librando alguna batalla que los demás no pueden ver. Quizá por eso seguimos mirando las estrellas.


Lo maravilloso de Los Caballeros del Zodiaco es que, muchos años después, seguimos hablando de ellos. Porque quizá no solamente nos enseñaron a reconocer constelaciones. Nos enseñaron a reconocernos. Nos enseñaron que una persona puede tener una enorme fuerza y, al mismo tiempo, estar rota por dentro. Que alguien puede equivocarse y todavía tener la posibilidad de cambiar. Que una armadura puede protegerte, pero también puede impedir que alguien conozca lo que realmente sientes. Y que hasta los personajes más poderosos tienen que enfrentarse, tarde o temprano, a sus propios demonios. Tal vez por eso aquella caricatura nos marcó tanto.


Porque mientras nosotros pensábamos que veíamos a unos caballeros peleando por Atenea, en realidad estábamos aprendiendo algo sobre nosotros mismos. Aprendíamos de química, de física, de mitología, de literatura, de poesía, de historia y de astronomía sin siquiera darnos cuenta.


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Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de crecer: un día vuelves a mirar aquello que te emocionaba de niño y descubres que detrás de aquella historia había muchas más cosas de las que podías comprender entonces.


Hoy sabemos que las estrellas están a millones de kilómetros. Pero seguimos encontrando en ellas historias que hablan de nosotros. Porque quizá no importa tanto bajo qué signo nacimos. Lo verdaderamente importante es qué hacemos con aquello que llevamos dentro.


Todos tenemos un Cástor y un Pólux. Todos tenemos un Saga y un Kanon. Todos tenemos una parte que quiere ser luz y otra que lucha con sus sombras. La pregunta no es cuál de las dos partes existe.


La pregunta es: ¿cuál de ellas estamos eligiendo alimentar? Y cuando la vida nos ponga frente a nuestros propios demonios, quizá tendremos que hacer lo mismo que aquellos caballeros que alguna vez vimos de niños:


Levantar la mirada. Buscar nuestra estrella. Y recordar que, aunque a veces parezca que estamos peleando solos contra el universo… hasta las batallas más grandes pueden terminar convirtiéndose en luz.


Y si la vida se pone intensa… ¡Pues ya saben! ¡EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!

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