La 4T y sus gobiernos "Big Brother"
Por: Armando Guzmán Á.
Decía
Andrés Manuel López Obrador que las redes sociales eran "benditas". Y
lo fueron para su movimiento, pues le permitieron construir un canal de
comunicación directo con millones de ciudadanos al margen de los medios
tradicionales. Hoy, todo indica que para el oficialismo han dejado de serlo. Lo
que alguna vez fue celebrado como un espacio de comunicación, crítica y
contraste frente al poder comienza ahora a concebirse como un ámbito que debe
ser regulado por el propio Estado.
Las
redes sociales se han convertido en un elemento imprescindible del debate
político. Hoy, la mayoría de los mexicanos y buena parte del mundo se informa a
través de estas plataformas. Por ello, cualquier intento de regularlas debe
analizarse con extremo cuidado, pues el equilibrio entre la protección de
derechos y la libertad de expresión constituye uno de los pilares de cualquier
sociedad democrática.
Al
ya amplio legado prohibicionista de los últimos años, el gobierno de la Cuarta
Transformación pretende sumar ahora la regulación de la inteligencia artificial
y del uso de bots, particularmente en el ámbito electoral, bajo el argumento de
combatir las campañas de desinformación y manipulación.
La
narrativa oficial sostiene que únicamente se busca generar una iniciativa de
ley que establezca reglas claras para aprovechar los beneficios de la
inteligencia artificial sin afectar los derechos, la privacidad, la protección
de datos personales y la libertad de expresión. Sobre el papel, el
planteamiento parece razonable. Sin embargo, precisamente por ello conviene no
ser ingenuos.
La
protección de niñas, niños y adolescentes constituye el eje discursivo de la
iniciativa. Sin embargo, ese objetivo también puede convertirse en el caballo
de Troya para introducir una regulación mucho más amplia sobre las redes
sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial.
En
apariencia, este propósito no tendría por qué generar rechazo. Por el
contrario, es una realidad que miles de menores enfrentan riesgos constantes en
internet: ciberbullying, grooming, extorsión, explotación sexual, exposición a
contenidos inadecuados para su edad, estafas, fraudes, adicción a las redes
sociales y una permanente obsesión por obtener aprobación dentro del mundo
digital.
Como
es lógico, estos problemas generan una preocupación creciente y la búsqueda de
soluciones para prevenirlos. No se trata de un fenómeno exclusivo de México.
Países como Francia y Australia han reformado recientemente sus leyes para
restringir o incluso prohibir el acceso de menores de 15 años a determinadas
redes sociales.
El
verdadero problema no radica en el diagnóstico, sino en las posibles
implicaciones de la regulación. La preocupación surge cuando el gobierno
incorpora asuntos distintos dentro de una misma iniciativa, mezclando objetivos
legítimos con otros que amplían significativamente las facultades del Estado.
Resulta
preocupante que el gobierno también pretenda regular la inteligencia artificial
bajo conceptos jurídicamente ambiguos como "uso indebido",
"desinformación" o "manipulación de contenidos". La
experiencia demuestra que las normas construidas sobre conceptos imprecisos
suelen ampliar el margen de discrecionalidad de la autoridad.
¿Qué
ocurriría si un ciudadano utilizara una herramienta de inteligencia artificial
para elaborar una caricatura política sobre Claudia Sheinbaum? ¿O un video
satírico sobre Morena, Andrés Manuel López Obrador o cualquier personaje
representativo del oficialismo? ¿Qué pasará con los contenidos y canales de propagandistas de la 4T que usan la IA con fines desinformativos contra adversarios?
Si
ese fuera el criterio, entonces también habría que regular La Mañanera, un
espacio que durante años ha sido utilizado para difundir información
manipulada, presentar datos fuera de contexto o convertir la comunicación
gubernamental en un instrumento permanente de propaganda e ideologización
política. Un ejemplo reciente ocurrió hace apenas unos días, cuando durante la
conferencia matutina se presentó un video editado y fuera de contexto en el que
la analista Natalia Torres afirmaba que "no todos deberían votar". A
partir de ese fragmento, la presidenta calificó esa postura como una idea
"porfirista y conservadora", sin ofrecer el contexto completo de la
conversación.
Lo
preocupante es que, hasta este momento, ni siquiera se conoce qué organismo o
agencia sería el encargado de supervisar los contenidos en México. La inquietud
aumenta si se considera que el INAI —institución responsable durante años de
garantizar el acceso a la información y la protección de los datos personales—
dejó de existir como órgano autónomo. Una regulación de esta naturaleza
inevitablemente involucraría a plataformas como TikTok, Facebook, Instagram,
YouTube, X y muchas otras.
Algo
similar ocurre con los bots. Se trata de una práctica utilizada tanto por
marcas comerciales como por personajes públicos para inflar artificialmente su
presencia en redes sociales y aparentar una popularidad mayor a la real. Por
supuesto, esto tampoco es ajeno al mundo de la política. Tanto Morena como
Claudia Sheinbaum, al igual que los demás partidos políticos, han recurrido, en
distinta medida, al uso de granjas de bots para posicionar candidatos, impulsar
tendencias o atacar adversarios en plataformas como Facebook y X.
¿De verdad el gobierno será capaz de regular o limitar sus redes y canales afines que utilizan bots o herramientas de inteligencia artificial para influir en la conversación pública? ¿O únicamente buscará impedir que otras fuerzas políticas recurran a esas mismas herramientas?
Estos
intentos de regular los contenidos digitales y el uso de la inteligencia
artificial ya tienen antecedentes en México. Un caso emblemático es el de San
Luis Potosí, donde hace algunos meses se aprobó la llamada Ley Serrano,
mediante la cual se modificó el Código Penal para sancionar el supuesto
"uso indebido" de la inteligencia artificial. La medida encendió de
inmediato las alertas entre periodistas, académicos y organizaciones defensoras
de la libertad de expresión, pues la redacción de la norma resulta lo
suficientemente ambigua como para abrir la puerta a la censura.
Conceptos
como "generar desinformación", afectar la "confianza
institucional" o poner en riesgo la "seguridad del Estado"
admiten múltiples interpretaciones. En ese contexto, incluso un periodista que
utilizara una imagen, un audio o un video generado mediante inteligencia
artificial para ilustrar una investigación, elaborar una reconstrucción o
realizar una sátira política podría enfrentar denuncias o procedimientos
legales. Cuando la ley no define con precisión sus alcances, el margen de
discrecionalidad de la autoridad se amplía inevitablemente.
Aunque
todavía no se conocen todos los detalles de la nueva iniciativa federal, el
Congreso ya comenzó a preparar la organización de los foros para elaborar la denominada
"Propuesta de regulación del uso de plataformas digitales y redes sociales
en niñas, niños y adolescentes". Como ha ocurrido en otros momentos, el
gobierno sostiene que busca escuchar todas las voces antes de construir el
proyecto legislativo.
Sin
embargo, la experiencia reciente obliga a observar ese proceso con cautela. En
diversas ocasiones, los llamados parlamentos abiertos y foros de consulta han
funcionado más como mecanismos de legitimación política que como verdaderos
ejercicios de deliberación pública. Así ocurrió con los Libros de Texto
Gratuitos, con la reforma judicial y con la reforma electoral. A pesar de las
críticas, las observaciones técnicas y las protestas de diversos sectores, las
iniciativas prácticamente no sufrieron modificaciones sustanciales.
No
sería la primera vez que un hecho aislado termina dando origen a una política
pública de alcance nacional. Basta recordar la ofensiva emprendida por el
gobierno de López Obrador contra los vapeadores. En lugar de abrir un debate
sobre su regulación, sus posibles riesgos o su eventual utilidad como
alternativa para quienes buscan abandonar el tabaquismo, la respuesta fue
prohibirlos en todo el país.
Esa
prohibición, sin embargo, no eliminó el consumo ni terminó con el mercado
ilegal. Por el contrario, fortaleció un mercado negro todavía más riesgoso para
la salud pública, donde los productos carecen de controles sanitarios y de
mecanismos mínimos de supervisión. Todo ese proceso ocurrió después de que
Jesús Ernesto López Gutiérrez, hijo menor del entonces presidente, fuera
fotografiado vapeando dentro de un despacho de Palacio Nacional. Un episodio
estrictamente privado terminó influyendo en una política pública con efectos
nacionales.
Algo
similar ocurrió con la prohibición de fumar en cafeterías, restaurantes y otros
establecimientos, incluso cuando muchos de ellos contaban con áreas exclusivas
para fumadores que cumplían con la normatividad vigente. Solamente algunos
establecimientos lograron conservar esos espacios mediante autorizaciones
especiales.
La
misma lógica se trasladó posteriormente al ámbito educativo, donde se prohibió
la venta de la llamada "comida chatarra" dentro y en los alrededores
de las escuelas. La medida disminuyó las ventas y obligó a cientos de pequeños
comerciantes a modificar sus productos, reinventar sus negocios o abandonar una
fuente importante de ingresos. Más allá del debate sobre los beneficios
nutricionales de la decisión (como el combate a la diabetes y la obesidad), el patrón vuelve a repetirse: frente a problemas
complejos, la respuesta privilegiada ha sido la prohibición.
Curiosamente,
el gobierno ha evitado avanzar en temas como la legalización de la marihuana,
quizá por el costo político que podría representar frente a determinados
sectores de su electorado. Esa aparente selectividad refleja una tendencia más
amplia: gobiernos que emanaron de partidos que se asumieron como defensores de las
libertades civiles hoy se inclinan por un Estado cada vez más
interventor.
Poco
a poco se amplía el margen de intervención gubernamental sobre aspectos cada
vez más diversos de la vida cotidiana: lo que consumes, lo que puedes vender,
lo que ves, lo que escuchas, las plataformas donde te informas e incluso las
herramientas digitales con las que creas contenido o ejerces la crítica
política.
Nadie puede negar que las redes sociales y la inteligencia artificial también pueden utilizarse para cometer fraudes, extorsiones, suplantación de identidad, campañas de desinformación o distintos tipos de delitos. La protección de niñas, niños y adolescentes constituye un objetivo legítimo y necesario. Sin embargo, combatir esos problemas no puede convertirse en el pretexto para ampliar los mecanismos de control político sobre los ciudadanos.
La
diferencia entre regular y censurar suele ser mucho más delgada de lo que
aparenta. Una legislación construida sobre conceptos ambiguos como
"desinformación", "uso indebido", "manipulación de
contenidos" o "afectación a la confianza institucional" corre el
riesgo de terminar castigando la crítica, la sátira, el periodismo de
investigación e incluso la opinión ciudadana.
Muchos mecanismos de control nacen
acompañados de aparentemente buenas intenciones. La censura rara vez se presenta como
censura; suele disfrazarse de protección, seguridad, combate a la
desinformación o defensa del interés público. Precisamente por ello resulta tan
difícil identificarla cuando comienza. Las libertades no suelen perderse de
manera abrupta; normalmente se restringen gradualmente, hasta que aquello que
parecía una medida excepcional termina formando parte de la normalidad.
El
verdadero desafío consiste en encontrar un equilibrio. Es perfectamente válido
proteger a niñas, niños y adolescentes, fortalecer la seguridad digital y
sancionar a quienes utilicen herramientas de inteligencia artificial para
cometer delitos o engañar deliberadamente a la población. Lo que no resulta
compatible con una democracia constitucional es entregar al gobierno la
facultad de decidir qué contenidos pueden circular y cuáles deben desaparecer.
En una sociedad libre, el árbitro de las ideas nunca puede ser el poder
político.
Del
mismo modo, los padres de familia conservan una responsabilidad insustituible
respecto al uso que sus hijos hacen de internet y de las redes sociales.
Ninguna regulación puede sustituir el acompañamiento, la supervisión y la
educación que deben comenzar en casa. Enseñar a niñas, niños y adolescentes a
utilizar responsablemente las herramientas digitales, desarrollar pensamiento
crítico y distinguir entre información confiable, propaganda o desinformación
constituye una tarea que corresponde, a la familia. Porque
la mejor protección frente a los riesgos del entorno digital no es un gobierno
que decida qué pueden ver los ciudadanos, sino ciudadanos capaces de decidir
por sí mismos qué merece ser visto y qué no.
Conviene
no perder de vista que el ejercicio de la libertad de expresión también implica
responsabilidades. Participar en redes sociales y ejercer el derecho a opinar
no exime a nadie de responder por las consecuencias de sus actos. La
responsabilidad no recae únicamente en las plataformas digitales o en el
Estado; también corresponde a cada usuario, particularmente cuando publica,
comparte, modifica o difunde como verdadera información generada mediante
herramientas de inteligencia artificial. Combatir la desinformación también
exige ciudadanos más críticos y responsables.
El populismo tiene una característica constante: simplifica problemas complejos para ofrecer soluciones aparentemente sencillas. Por eso, frente a las iniciativas de la Cuarta Transformación conviene leer siempre entre líneas. ¿Hasta dónde estamos dispuestos, como sociedad, a permitir que el Estado decida por nosotros?
Como
advirtió Benjamin Franklin: "Quienes renuncian a una libertad esencial
para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni
seguridad".


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