250 Años de Democracia en América: Lecciones para EUA y México
Por: Armando Guzmán Á.
El
pasado 4 de julio, Estados Unidos celebró el 250 aniversario de su Independencia. Aunque la
Declaración de Independencia fue firmada el 4 de julio de 1776, Gran Bretaña
reconoció formalmente la independencia de las trece colonias hasta la firma del
Tratado de París, el 3 de septiembre de 1783.
Cuando
se habla de los grandes acontecimientos que transformaron la política moderna,
la Revolución Francesa suele ocupar un lugar privilegiado. Sin embargo, con
mucha menor frecuencia se profundiza en las aportaciones políticas e
institucionales que surgieron de la Independencia de Estados Unidos y que
terminaron influyendo en buena parte del mundo occidental.
Los
llamados Padres Fundadores —George Washington, Thomas Jefferson, John Adams,
Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, James Madison y John Jay—, algunos de
ellos integrantes de la masonería y profundamente influenciados por las ideas
de la Ilustración, recurrieron al pensamiento de Montesquieu, Voltaire,
Rousseau y John Locke para elaborar documentos fundamentales, entre ellos la
Declaración de Independencia y la Declaración de Derechos de Virginia.
La
Declaración de Derechos de Virginia, redactada por George Mason, es considerada
la primera declaración moderna de derechos y posteriormente sirvió de modelo
para la mucho más conocida Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano, aprobada durante la Revolución Francesa. Años más tarde, en 1791,
James Madison impulsó la aprobación de la Carta de Derechos (Bill of Rights),
que incorporó diversas libertades y garantías fundamentales al sistema
constitucional estadounidense.
Uno
de los pilares del nuevo modelo político estadounidense fue la división de
poderes, principio esencial de la democracia constitucional moderna. Su
propósito consistía en distribuir equilibradamente las facultades del Estado,
evitando que todas las decisiones dependieran de una sola autoridad y creando
mecanismos de control recíproco entre las distintas instituciones. Dentro de
ese esquema, el Poder Judicial asumiría la responsabilidad de interpretar y
proteger la Constitución, documento que define las atribuciones y
responsabilidades de cada uno de los poderes públicos.
Estados
Unidos también fue pionero en la consolidación del sistema presidencial
moderno. Durante la Convención Constitucional de 1787, los Padres Fundadores
rechazaron la idea de establecer una monarquía y diseñaron la figura del
presidente como jefe de Estado y de Gobierno, con facultades delimitadas y
sujetas al equilibrio con los demás poderes públicos. En este modelo, ninguno
de los poderes depende de otro para conservar su cargo.
Asimismo, a partir de su Constitución nació el federalismo moderno, cuyo nombre proviene del término latino foedus (foederis), que significa tratado, pacto o alianza. En este sistema existe un acuerdo político mediante el cual la autoridad se distribuye entre un gobierno nacional y gobiernos estatales. Este diseño quedó establecido en la Convención de Filadelfia de 1787 con el propósito de repartir las responsabilidades públicas entre distintos niveles de gobierno y evitar una concentración excesiva del poder.
Diversos
pensadores europeos quedaron sorprendidos por el funcionamiento de la
democracia norteamericana en comparación con los sistemas políticos de Europa.
Uno de ellos fue el francés Alexis de Tocqueville, quien en La democracia en América observó
que la fortaleza del sistema estadounidense descansaba no sólo en sus leyes,
sino también en sus costumbres cívicas y en el profundo compromiso de los
ciudadanos con la libertad. Asimismo, advirtió que una sociedad puede
obsesionarse tanto con la igualdad que termine sacrificando su libertad, una
reflexión que continúa siendo pertinente para analizar distintos modelos
políticos.
Tan relevante fue
la aportación del sistema político estadounidense que numerosos países
retomaron varias de sus instituciones. México fue uno de ellos. Basta observar
la adopción del sistema federal, del presidencialismo y de diversos principios
incorporados en las constituciones mexicanas del siglo XIX. Incluso nuestro país se llama oficialmente Estados Unidos
Mexicanos.
Sin
importar el país o la época, los gobernantes han buscado ampliar su margen de
acción. Estados Unidos no ha sido la excepción. Diversos presidentes y actores
políticos han intentado extender su influencia más allá de las atribuciones
previstas por la propia Constitución.
De
ahí las críticas que distintos sectores han dirigido a Donald Trump por
intentar concentrar un mayor poder del que constitucionalmente corresponde al
presidente de Estados Unidos, particularmente mediante su influencia sobre
otros poderes del Estado.
El análisis de la
experiencia norteamericana resulta especialmente útil para comprender el
verdadero sentido de la democracia moderna. Su esencia no radica únicamente en
ganar elecciones o en contar con respaldo popular, sino en construir instituciones
capaces de impedir que cualquier persona o grupo concentre un poder sin
límites.
En
México, la llamada Cuarta Transformación también ha buscado ampliar su
influencia y control sobre los demás poderes de la Unión mediante reformas como
las impulsadas en el Poder Judicial, una tendencia que se aparta del principio
de división de poderes y del espíritu mismo de la democracia. Asimismo, ha
impulsado un modelo cada vez más centralista, alejándose de los principios del
federalismo. Recordemos que el centralismo es una forma de organización
política y administrativa en la que el gobierno nacional concentra la mayor
parte de las decisiones, las atribuciones y los recursos económicos del país,
reduciendo con ello la autonomía y la capacidad de gestión de las entidades federativas.
Por
supuesto, la democracia, como cualquier otra forma de gobierno, posee virtudes
y también problemas. John Stuart Mill advertía en su ensayo Sobre la libertad acerca del riesgo de la llamada "tiranía de las
mayorías", fenómeno mediante el cual una mayoría electoral puede utilizar
su fuerza para restringir los derechos y las libertades de las minorías. El
populismo en sí, justo es una deformación de la democracia liberal.
La Cuarta
Transformación ha construido buena parte de su legitimidad sobre el argumento
de las mayorías. Sin embargo, en un Estado democrático de derecho, obtener más
votos no significa que esos votos valgan más que los de quienes piensan
distinto. La mayoría gobierna mediante los representantes y los mecanismos
previstos por la Constitución, pero los derechos fundamentales y las
instituciones existen precisamente para proteger la libertad de todos.
Dos
siglos y medio después de su Independencia, Estados Unidos tampoco es una
democracia exenta de riesgos. La polarización política, la influencia de los
poderes económicos, la creciente desconfianza entre los poderes públicos y las
controversias que han rodeado el regreso de Donald Trump a la presidencia han
reabierto el debate sobre los límites del poder presidencial y la capacidad de
las instituciones para resistir la presión de los liderazgos políticos.
Paradójicamente, esa es la mejor prueba de la fortaleza del sistema político
estadounidense: no fue diseñado para gobernantes virtuosos, sino para
gobernantes con ambición.
Esa
discusión no debería resultarnos ajena. En México, con frecuencia, el debate
público suele centrarse únicamente en la figura del gobernante, en su capacidad
—o falta de ella— y en sus intenciones personales, cuando el verdadero reto de
una democracia consiste en que las decisiones públicas se rijan por normas
permanentes y no por la voluntad de un solo liderazgo. Esa arquitectura
institucional garantiza la continuidad del Estado y exige que quienes ejercen
el poder actúen dentro del marco legal y rindan cuentas.
Donald Trump ha
puesto nuevamente a prueba los contrapesos del sistema estadounidense, del
mismo modo que en México las reformas impulsadas por la Cuarta Transformación
han abierto un intenso debate sobre el equilibrio entre los poderes públicos y
el alcance del Ejecutivo. Son contextos distintos, pero ambos plantean la misma
pregunta de fondo: ¿qué tan lejos puede llegar un gobernante antes de romper el
equilibrio democrático? Los límites al poder no existen para obstaculizar a un
presidente en particular (llámese Trump o López Obrador); existen para proteger
a los ciudadanos de los excesos que cualquier gobernante, de cualquier partido,
pudiera cometer.
Quizá
esa sea la mayor enseñanza que deja la experiencia estadounidense. Como
escribió James Madison en El
Federalista No. 51: "Si los hombres fueran ángeles,
ningún gobierno sería necesario". Precisamente porque no lo son, la
libertad nunca ha dependido de la buena voluntad de los gobernantes, sino de la fortaleza de las instituciones capaces de
contenerlos. La democracia no se sostiene por la popularidad de un líder
ni por la amplitud de una mayoría, sino por la existencia de contrapesos
efectivos y de una Constitución que se imponga incluso a quienes ejercen el
poder. Ahí radica, ayer como hoy, la verdadera defensa de la libertad.


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