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Del Solo tú al Solo nosotros: una película de amor y libertad

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Por: Sussy Arias


Hay películas que no solamente vemos: las vivimos. Forman parte de una época, de una generación y, sin darnos cuenta, también de la manera en que aprendimos a imaginar el amor.


Ayer volví a ver Solo tú, aquella película de los años noventa protagonizada por Marisa Tomei y Robert Downey Jr., y me hizo pensar en algo curioso: lo que en los noventa nos parecía una de las historias de amor más románticas, hoy probablemente tendría otra lectura.


En la película, Faith ha crecido convencida de que existe un hombre destinado para ella: Damon Bradley. Desde niña, una serie de señales la llevan a creer que ese nombre pertenece al amor de su vida. Y entonces aparece Peter.


Peter hace todo lo posible para demostrarle que él es ese hombre que está buscando. La sigue, prepara situaciones para encontrarse con ella, insiste, le ruega y busca una y otra vez que Faith se dé cuenta de que el amor que está persiguiendo está justamente frente a sus ojos.


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Y ahí es donde resulta interesante verla con los ojos de nuestra generación actual. Porque hoy muchas de esas conductas podrían considerarse invasivas o incluso tóxicas. Hemos aprendido que insistir cuando alguien no corresponde, perseguirlo o intentar convencerlo de que somos “el amor de su vida” no necesariamente es una demostración de amor.


Pero… ¿qué pasó? ¿Acaso dejamos de ser románticos? No necesariamente. Lo que cambió fue nuestra manera de entender el romanticismo.


Durante mucho tiempo, muchas películas nos enseñaron que el amor verdadero tenía que ser extraordinario. Que si un hombre realmente nos amaba, tenía que cruzar el mundo por nosotras, llenarnos de flores, preparar grandes sorpresas, insistir hasta conseguir nuestro corazón y hacer “hasta lo imposible” para demostrarnos que éramos especiales.


Y crecimos con esas imágenes. Aprendimos a soñar con el hombre que llegara con flores. Con el que escribiera cartas. Con el que apareciera inesperadamente. Con el que hiciera locuras por amor. Con aquel que dijera: “No voy a rendirme hasta que seas mía”.


Y quizá ahí estuvo una de las grandes confusiones que nos dejaron las películas románticas: confundimos intensidad con amor. Porque una persona puede sentir muchísimo por nosotros y, aun así, no tener derecho a imponerse sobre nuestras decisiones.


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Hoy sabemos que una señal no necesariamente es destino. Que una coincidencia no significa que dos personas estén obligadas a estar juntas. Que insistir no siempre es amar. Y que hacer “hasta lo imposible” por alguien también puede significar algo muy distinto cuando ese alguien ya dijo que no.


Pero tampoco creo que debamos mirar con desprecio aquellos amores cinematográficos que nos hicieron suspirar. Porque detrás de todas esas historias había algo muy humano: el deseo de sentirnos elegidos. Y ese deseo sigue existiendo. Seguimos queriendo flores. Seguimos emocionándonos cuando alguien atraviesa la ciudad solamente para vernos. Seguimos soñando con cartas, canciones, cenas inesperadas y pequeños detalles.


Seguimos queriendo sentir que para alguien somos importantes. La diferencia es que ahora podemos agregar algo que quizá antes no estaba tan presente: la libertad.


Quiero que hagas cosas bonitas por mí, pero no quiero que tengas que luchar contra mi voluntad para conseguirme. Quiero que me busques, pero también quiero poder elegir buscarte. Quiero que me demuestres que te importo, pero quiero que mi libertad para decir “sí” o “no” sea tan importante como tus ganas de estar conmigo.


Porque quizá el amor romántico no estaba equivocado al querer intensidad. Lo que necesitaba era aprender a caminar de la mano con el respeto, la reciprocidad y el consentimiento. Tal vez hemos crecido y cambiado nuestra definición del amor, pero no hemos dejado de creer en él.


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Seguimos esperando esas mariposas. Las flores. Las coincidencias. Las miradas que dicen más que las palabras. Esa sensación inexplicable de encontrar a alguien y pensar: “Contigo hay algo diferente”.


Solo que ahora entendemos que el amor de nuestra vida no debería necesitar perseguirnos para demostrarnos que nos ama. Quizá el verdadero amor no es quien hace hasta lo imposible para que lo elijamos. Es quien nos encuentra, nos mira, nos permite elegir libremente… y aun así, ambos decidimos quedarnos.


Porque el amor puede seguir siendo de película. Puede seguir teniendo flores, canciones, viajes, sorpresas y mariposas. Pero quizá la historia de amor más bonita ya no es aquella en la que alguien consigue nuestro corazón a cualquier precio. Es aquella en la que dos personas, teniendo la libertad de irse, se eligen todos los días.


Y entonces dejamos de buscar solamente a “Solo tú”. Para comenzar a construir algo mucho más bonito: Solo nosotros.

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